Escritora, poeta y traductora marroquí. Después de obtener su licenciatura en literatura francesa y su maestría en literatura inglesa, trabajó como profesora de idiomas extranjeros en un instituto de idiomas en la ciudad de Casablanca.
Domina los idiomas franceses, árabe, inglés, alemán, español e italiano. Actualmente trabaja como traductora en un periódico local, y tiene contribuciones poéticas, narrativas y críticas en numerosos periódicos y revistas literarias locales e internacionales.
Sus obras han destacado en muchas antologías en Austria, Alemania, España, Argentina, Australia, Reino Unido y Estados Unidos, como WELL READ Magazine, Hooligan Street Poetry, Revista Sofón, RESEARCH PLANET Jornal y Zest of the Lemon Vol. 3. Sus poemas fueron seleccionados para la lista corta del premio Ulrich GRASNIK Lyrikpreis 2025. Está trabajando en la publicación de su primer poemario en alemán y, además, le interesa traducir cuentos populares marroquíes a varios idiomas.
Para no dormir
Tengo miedo de cerrar los ojos,
Oh madre, Tu pestaña lanza una pregunta tras otra.
Hay una historia en tus ojos, dila.
Las palabras bostezan en mi boca,
Han habitado allí lo suficiente.
¡Levántate, escombro!
¡Sal de mí!
Ya no quiero acunarte más.
Quizás pueda respirar,
Con un cuerpo libre de sudarios.
Mándala fuera de nuestra casa.
¿Podemos ordenar la casa por última vez
Antes del éxodo?
¿Podemos fotografiarla para el recuerdo
—Guardar todas nuestras risas, llantos y gritos—
Y luego partir?
Oh mar, alineado frente a nosotros
Como un abrazo tímido
En un mundo que no es nuestro,
¿Puedes enviar nuestro eco a los océanos cercanos?
Quizás una ballena gigante golpee la base del ocupante.
¿Podemos inventar un nuevo alfabeto
Para el miedo, el dolor, el hogar,
Para que el mundo escuche
Ese sonido gris y constante sobre nosotros,
El zumbido de aviones,
El rugido de misiles
Sobre lo verde, sobre la ruina,
Sobre una lápida
Escrita con carbón en una casa quemada,
La huella de un cinturón de fuego…?
No les diremos: “Les dijimos… y les dijimos…”
Mil veces, los ojos sorben del cielo
Mientras buscamos calor
Que nos lleve suavemente al sueño
Bajo el balcón de nuestra casa,
Un sueño continuo que hace cosquillas a las estrellas.
Quiero… bostezar.
Quiero… dormir.
Soñé que un líder hablaba.
¿Lo oyes, madre?
Los veo reír, alimentando pájaros.
Los veo jugar en el columpio del paraíso,
Colores irisados brillan en un sueño arcoíris,
Como una botella agitada, los sueños se mezclan dentro.
Madre, juro que lo vi:
Un solo sudario en Gaza lleva
Los cuerpos de tres mártires.
Entonces me convertí en un cuerpo agotado, cargado,
Gimiendo de dolor.
Quiero oír el latido del sol,
O del corazón… esa esponja
Que se ha vuelto dura.
Así caminamos nosotros —sobre plumas—
Hasta alcanzar la cima del agotamiento
A plena luz del día, y decimos:
Oh Cristo… mañana viviremos.
Compasión púrpura
Mis ojos la guarida del asombro
mi sonrisa un cetro honesto
yo misma un violín suspendido
entre el alma temblorosa
y la cadencia de sus cuerdas.
Elévame sobre tus palmas
con el ímpetu de una última apuesta.
Dibuja las fértiles praderas de la infancia
con tu compasión púrpura.
Colma los cántaros del instante
con vino derramado eternamente.
Dale a mis labios un tajo mítico,
inventa para mi rostro
un horizonte blanco como la virtud.
Llévame en tu pecho
como un delicioso secreto,
y refúgiate en su sombra
cuando pierdas la ternura.
Permite que me oculte disipada
entre tus huesos,
como primavera ascendiendo por tus venas.
Llévame en cada amanecer
hacia tu serenidad.
Saborea la lluvia de mi memoria,
deja que su calor restaure
el frío del alma.
Llévame a la cima de tus anhelos,
usa los destellos de mis párpados
para derribar al cruel emperador,
con la limpieza de mi corazón
purga este universo lacerado por la niebla,
espérame allí,
en las tardes de otros tiempos,
donde se enjoyan nuevas vidas,
espérame allí,
en el filo de lo absoluto,
abrázame allí en mi plenitud,
canta y baila conmigo,
celebrando el encuentro,
envueltos por lo eterno,
por la unión de la libertad y la certeza.
Mi novio, eres un mar
Mi corazón crece en un momento fugaz,
Como el sol, cada vez que me duermo.
Caí en tu orilla lejana,
Como una pieza de oro en un pozo sin fondo,
Como una ola que se dobla tiernamente,
y vendrá mañana,
Tal vez se levante ruidosamente,
Como una barca que navega
Entre los brazos del azul,
Que tiembla por la lujuria de la vela,
El azul que escapa de ahogarse.
... al que dejé un azul a mí alrededor
y un rocío de agua en mis manos.
Sin ti, soy una gaviota que ha perdido el cielo;
Se fue solo, perdido en mil años.
Sobre las arenas de tu playa,
Seguí ese azul frente a mí.
La noche silenciosa es un mar silencioso
Cuya voz está en mis oídos.
Tu voz es la única que
Mueve las velas de mi alegría.
Tus olas recogen mis pedazos
Como la eternidad que ha pasado.
Acariciándome, coqueteando conmigo,
Se acerca sigilosamente para borrar
mis pasos solitarios y me susurra:
«Pon tu manita —tu alma desnuda y sin dedos
— aquí, en mi corazón,
en el que rugen las olas como una concha de mar vacía.
Acércate... acércate... ruega por la longevidad,
que las aguas del mar envejezcan en el seno de la noche.
Un corazón palpitante en tu lecho.
Volvamos... volvamos... volvamos... mar,
Como el eco de una canción de amor en los labios
De los pescadores.
Allí te das cuenta de que mi barquito
Ha perdido su vela entre tus pliegues.
Allí soy el que te vio y te llamó,
Una gaviota se volvió hacia mí y se posó cerca de ti.
Amortiguaré mi respiración mientras
Mojo mis dedos con agua salada.
«Huele a todo».
Me levanto y me paro como una roca
Puntiaguda mojada con la espuma de tu ola.
Más rápido... más rápido mis pasos,
Para que no se apague la luz de mi balcón
Te busco en mis poemas:
Orillas que se extienden hacia destinos desconocidos.
Trenzas que saben viajar a lo largo y ancho
Y luego volver al ritmo de las gaviotas.
Ella me dice: «No debes olvidar que el mar...
Todo el mar ama la tinta desde siempre
Y desde su silencio,
Traza tus huellas sobre la arena para que...
El amor no se quede solo.
Siempre te susurra:
-Al mar
Aceitunas de Gaza
Más allá de las paredes amenazantes,
mientras el atardecer comienza a caer,
un grupo de olivos se mece
normalmente, escucharíamos el sonido de los niños jugando.
Pero en este lugar melancólico,
los niños ya no tienen sonrisas en su rostro
mientras las bombas mezan a caer,
todos los recuerdos felices pronto se olvidan.
Y lo que queda es un gran agujero,
donde la vida una vez estuvo.
Los edificios pueden haber sido destruidos,
pero no puedes destruir el alma de Gaza.
Porque aunque Gaza ahora está Llena de tristeza,
y momentos de desesperación,
el orgullo que el pueblo tiene en su tierra
es algo que sigue en el aire.
Y todo esto es gracias a los pequeños olivos,
que se han estado meciendo en el viento
y que observan Rafah, Khan Younis, Deir Al Balah,
Jabalia y todas las calles Gaza como guardianes
pues saben que no son el pueblo de Gaza los que han pecado.
Así que los olivos se mecen el viento todo el día,
para que los niños de Gaza puedan jugar una vez más.

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