Erzebeth Domínguez, Oaxaca 2011, Ha tomado talleres de literatura en la biblioteca Andrés Henestrosa.
Ana Karenina
La persona que me arrancó los pétalos,
que dejó que me marchitara, que los gusanos comieran mis hojas.
«No sabía cuidar gardenias», me da órdenes; tenía fe en que no sería así.
¿Recordará que me tiene?
Yo, rogando por unas gotas de atención,
necesitaba que me regara, al menos con el veneno de sus palabras.
Las manos me tiemblan.
«¿Cómo llegamos a esto?»,
de palabras cálidas a caricias de consolación,
a tener que apuntarte a las alas, mi cuervo;
te enamoras de las cosas brillantes, esta es la excepción.
Te enamoraste de mis ojos oxidados, de los colores apagados que desprendía.
No es mi culpa que él no haya sido feliz.
No es mi culpa que no le hayan dado amor.
No es mi culpa que él solo se haya arrancado las raíces.
El alma se puede romper en cualquier momento
(depende de cuánta fuerza de voluntad tenga la persona),
pero la mía la rompieron.
Estoy rota de todas las maneras posibles,
todas las formas que pueden dañar a una flor,
a una gardenia sin espinas.
Me di cuenta de que no importa; siempre sentiremos dolor,
aunque lo neguemos y encerremos ese dolor dentro de una jaula de oro.
Pero es un animal salvaje: desea, ruega, suplica salir, dando zarpazos, mordiscos, arañazos.
Nunca imaginé llegar a este punto,
con una pistola cargada con una sola bala,
los ojos ahogados en rocío.
—¡Dispara ya!
