CLAUDIA DÍAZ JIMÉNEZ

marzo 23, 2026

 


Licenciada en Contaduría. Como poeta forma parte de la Sociedad de las poetas. Ha colaborado en el programa Poesía para vacíos y otros apetitos de Radio Universidad Oaxaca, así como en la sección cultural del periódico Noticias, en la columna dedicada a la Sociedad de las Poetas.

En el ámbito narrativo ha escrito cuento en la Antología De Chile, Mole y Pozole. Publicada por la Editorial Matanga. Diplomada en Antropologías Corporales para la Creación ha presentado el performance y monólogo Silencio. Ha cursado diversos talleres de poesía en la Biblioteca Henestrosa destacando el Seminario de Socialización y Producción de Poesía. Ha cursado el Seminario Octavio Paz, editor de revistas 2026 en el Colegio San Ildefonso y actualmente cursa el XXI Diplomado en Creación Literaria de la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Como poeta ha participado en distintos foros entre ellos el Festival Internacional de Poesía Poetronika (En Chile) con el video poema Primavera. Ha publicado poesía en la Antología Mezcalito City II registro de poesía en Oaxaca (Ed. Cuatro Triángulos). Cuarto de Máquinas. Antología del Seminario de Socialización y Producción de Poesía 2024. (Ed. Cuatro Triángulos). Cuaderno de Poesía Soledad publicado por la Asociación de Escritores de la Mancha. España. Y en la Compilación de textos resultado del diplomado en Antropologías Corporales para la Creación y ha Auto publicado el poemario Medusa y el poemario Mantras del Cuerpo y la Materia como resultado del Seminario de Socialización y Producción de Poesía.


LA QUE ARDE DÉCIMAS


I


Te pienso y ya me desnudo,

mi piel recuerda tus huellas,

tus manos, sombras y estrellas,

me recorren, me hacen nudo.

Tu nombre se vuelve mudo

cuando mi boca lo inventa,

y en la piel se me aposenta

el deseo que me guía,

porque en tu sombra es la mía

donde la carne revienta.


II


Te deseo con la piel,

con la voz y con el sueño,

cada roce tuyo es dueño

de mi cuerpo y de mi miel.

Me tiembla el alma en la hiel

dulce de tu beso abierto,

y cuando en tu pecho advierto

la humedad de lo prohibido,

sé que el placer es sentido

cuando el amor está cierto.


III


Bajo tu cuerpo me entrego,

temblando como la tierra,

que tiembla y goza y se aferra

al rayo, al trueno, al fuego.

Tu aliento es mi desenfreno,

mi vértigo, mi quebranto,

mi placer y mi espanto,

mi oración y mi locura,

porque amar con esta hondura

es morir un poco en tanto.


IV


Me miras, y en esa llama

me pierdo, me desbordo entera,

mi piel es campo y bandera,

mi pulso animal que clama.

Tu cuerpo a mi cuerpo llama,

me atraviesa, me sostiene,

y en la carne se detiene

la eternidad del instante,

mientras el goce constante

nos devora y nos contiene.


V


Soy el borde de tu herida,

tu abismo, tu redención,

soy la dulce perdición

donde el alma se suicida.

Tu lengua me da la vida,

me quema, me desbarata,

y en tu pecho se desata

mi temblor, mi voz, mi rito,

que el placer, cuando es bendito,

me hace diosa y me desata.


VI


Te nombro con la saliva,

con la piel, con la mirada,

soy volcán cuando me invadas,

soy tormenta fugitiva.

En tu sombra soy cautiva,

y en tu fuego me recreo,

me rompo y en ti me creo,

soy raíz, relámpago, vino,

porque tu cuerpo es camino

que sin fin en mi deseo.


VII


La noche gime y se parte,

mi vientre te reconoce,

mi voz calla, el aire roza,

y el pulso se hace estandarte.

Ya no hay culpa, solo el arte

de entregarnos sin medida,

sin promesa, sin huida,

con la verdad en la piel,

porque el amor más cruel

también da forma a la vida.


VIII


Muerdo el silencio y respiro,

te bebo, te olfateo,

y en cada beso recreo

la raíz de lo que admiro.

Tu pecho es donde conspiro,

tu cuerpo donde naufrago,

y al deseo, como un mago,

le ofrezco mi rendición,

porque en cada posesión

me pierdo y me deshago.


IX


Después, tu sombra se posa

sobre mi piel todavía,

y el temblor que me vacía

me deja hecha mariposa.

El aire huele a la rosa

que florece tras el fuego,

y aunque callo, aún me entrego,

porque el alma, en su ceniza,

sigue ardiendo y se eterniza

en el roce de tu ruego.


X


Si amarte es perder el nombre,

quiero perderlo en tu aliento,

quiero ser solo el momento

donde el deseo se asombre.

Tu cuerpo, mi único hombre,

mi condena y mi sosiego,

mi infierno y mi dulce ruego,

mi muerte, mi madrugada,

porque en ti, carne sagrada,

soy el incendio y el juego.



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                                 MARÍA DE JESÚS MORA DELGADO

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