IGNACIO GARCÍA, ZURCIDOR DE EROTISMOS
agosto 02, 2023Por:César Elí García
Edición: Rodrigo Landau
Proponer como discurso estético el erotismo de las bailarinas nudistas no es novedad. Sí, el hecho de que la propuesta surja en Oaxaca, una comarca donde los artistas plásticos se dedican con abundancia a la reproducción de símbolos indígenas, convirtiendo la tradición en mercancía. Entonces, entre la plástica oaxaqueña y el mundo a media luz de los teibols, existe una paridad de espejos: exhibir y capitalizar aquello que constituye a esos dos cuerpos.
Ignacio García tiene claro que el medio artístico de Oaxaca está lleno de iniciativas que apuntan más al folclore que a lo estético, pues han encontrado en el público extranjero un nicho que se asombra con el exotismo y el colorido de las obras, que muchas veces carecen de sentido y discurso. Nuestra expresividad primera se basa en palabras que nombran el entorno. Mar o peces, para alguien de la costa; bosque y montaña, para un serrano o serrana, son palabras inmediatas. La comunidad comprende su universo indígena y lo conserva, pero en estado de reposo. Como dijera Mario Santiago, el poeta infrarrealista: el arte se ha convertido en un cursillo de decoración.
En la obra de Ignacio García se observan al menos tres momentos: uno referente al formato, otro a los materiales, y un tercero a la temática. Estas tres cuestiones forman un todo armónico y dialógico entre materia, técnica y discurso.
La génesis de esta armonía la podemos ubicar en el negocio familiar, una cantina de barrio fundada el 6 de mayo de 1983, temprano por la mañana. El artista, una vez alcanzada la mayoría de edad, comenzó a colaborar en su administración y cuidado, llevándolo a permanecer mucho tiempo tras la barra, demandado por la sed insobornable de los parroquianos y el impulso creativo de su voluntad artística. Dadas estas condiciones, Ignacio García, astuta e innovadoramente, encontró en el ajuste del formato una salida, primero. Segundo, los materiales. Es peligroso trabajar con solventes tras una barra de cantina, lo cual, pensó, me lleva a los hilos, retazos, textiles y encajes. ¡Eureka!
Este descubrimiento de la acción en el zurcir dota a las piezas de García del vigor de la presencia, abandonando la segunda dimensión e instalando un gesto táctil ante la obra, al que la reproducción fotográfica hace, por otro lado, poca justicia. Estas piezas demandan la contemplación directa, la comparecencia de lo erótico en el ser erotizado. La tercera dimensión son los clientes. Desde sus inicios, la cantina de la familia García abre sus puertas a partir de las 5 de la mañana, siendo sus primeros habitúes travestis, putas y borrachos de primera hora. La imaginería del trabajo plástico de Ignacio García se nutre de estos cuerpos trabajados por el sexo de paga y las noticias de la noche. De aquí se desprende esa erótica de la mirada que proyecta el artista sobre sus figuras.
Sondiémos un poco esta cuestión. Teresa del Conde asegura que «no toda obra que se vale del cuerpo humano desnudo es necesariamente una representación erótica», y para Byung-Chul Han el desnudo es la antítesis de lo erótico, en la medida que corresponde más bien al ámbito de lo pornográfico: «las imágenes porno muestran la mera vida expuesta»; «la transformación del mundo en porno se realiza como su profanación. Esta transformación profana el erotismo». Se trata de una suposición, es decir, uno erotiza al otro suponiéndole algo que aún no se muestra. Las obras en esta línea de García hacen que aguardemos frente a ellas, en una contemplación primeramente pasiva. Nada es más erótico que conocer a otro, plantea el artista. Hace falta otro, esto es, hace falta salirse de uno mismo, abandonar el cerco individualista. Nos dicen desde pequeños, “no hables con desconocidos”. Contenerse pasivamente frente a otros, no abrirse, es la consigna de los adultos.
Una de las piezas de esta serie que comentamos, contiene a una mujer desnuda a la que hace falta levantar el vestido, una tela negra zurcida al bastidor, para poder mirar así, dejando la opción de no hacerlo, además. El espectador elige. En esta tensión reside lo erótico y a su vez lo pornográfico. Es curioso que el erotismo, así planteado, tenga que mantenerse en lo pasivo para no saltar hacia lo pornográfico, pues lo erótico es un continuo sugerir más que un imponente afirmar: «la desnudez, como exhibición, sin misterio ni expresión, se acerca a la desnudez pornográfica».
Si resulta excitante aguardar la desnudez del otro, es importante pensar lo contrario, y ver que allí, en el cubrir, en el vestir al otro, también está lo erótico. Es justamente lo que hace Ignacio García cuando cose medias sobre las piernas de una figura femenina o la cubre de lencería, potencializando los tatuajes en la epidermis de las modelos. Un cuello que se ofrece, desnudo, será siempre más erótico que una vulva expuesta a la cámara de última generación. García expone un campo de magnolias en un pequeño botón anclado a la tela. La naturaleza demanda tiempo para manifestarse, y nosotros esperamos para que esos botones florezcan. No hace falta cortar la flor, su aroma basta para embriagarnos. Aquí, pacientes, aguardamos.
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