Texto: César Elí García
La programación contempla cinco películas fundamentales para comprender la evolución de las representaciones LGBTQ+ en el cine internacional y mexicano.
Oaxaca de Juárez, Oax.- En el marco del Mes del Orgullo LGBT+, la Biblioteca Andrés Henestrosa anunció la realización del ciclo “Proyecciones en el Mes del Orgullo: Cine Queer”, una propuesta cinematográfica que busca generar espacios de reflexión, diálogo y reconocimiento de la diversidad sexual a través del séptimo arte.
La conmemoración del Mes del Orgullo tiene su origen en los acontecimientos ocurridos en junio de 1969, cuando tuvieron lugar los disturbios de Stonewall, en Nueva York. Aquellos hechos, surgidos tras una redada policial en el bar Stonewall Inn, marcaron un punto de inflexión en la lucha por los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans y de otras identidades sexo-genéricas. Desde entonces, junio se ha convertido en un periodo de visibilización, memoria y reivindicación para la comunidad LGBT+ en distintas partes del mundo.
Como parte de sus actividades culturales, la Biblioteca Henestrosa ofrecerá un recorrido por algunas de las obras más representativas del cine de temática LGBTQ+, a través de una cartelera integrada por cinco películas que han contribuido a ampliar las formas de representación de las identidades disidentes en la pantalla.
Las funciones se llevarán a cabo del 11 al 25 de julio, con proyecciones programadas a las 19:00 horas. La selección incluye títulos que abarcan distintas épocas y contextos culturales, permitiendo observar la transformación de los discursos cinematográficos en torno al amor, el deseo, la identidad y la resistencia frente a la discriminación.
El ciclo propone un recorrido que va desde la represión y el silenciamiento presentes en películas emblemáticas de la década de 1960, como La hora de los niños, hasta obras contemporáneas como La vida de Adèle, reconocida internacionalmente por su acercamiento a las relaciones afectivas entre mujeres. Asimismo, la programación incorpora el clásico mexicano El lugar sin límites, considerada una de las películas más importantes del cine nacional en la representación de la diversidad sexual.
Con esta iniciativa, la Biblioteca Andrés Henestrosa reafirma su compromiso con la difusión cultural y la promoción de espacios incluyentes que favorezcan el diálogo, la reflexión y el respeto a la diversidad. A través del cine, la institución busca acercar al público a historias que han contribuido a visibilizar experiencias, luchas y expresiones identitarias que forman parte de la riqueza cultural y social de nuestro tiempo.
Por: Rodrigo Islas Brito
Fotos: Cortesía.
La gráfica oaxaqueña atraviesa por momentos de adaptabilidad y propuesta. La primera vertiente se manifiesta en torno a adaptarse y formar parte de la reinante gentrificación y turistificación que hoy se vive en Oaxaca, pegando en las paredes lo mismo esténciles llenos de rebeldía denunciando estas prácticas, que, ofertando sus servicios en dólares y en inglés, cinco minutos después. La segunda vertiente, la propuesta, es la que Taller Cuche Jabalí se ha dado a la tarea de buscar en estos días de Guelaguetza, celebración turística que hoy los gobiernos enarbolan como absolutamente identitaria.
César Eli García e Ignacio García, integrantes del mencionado taller cuentan cómo, ante la cercanía del Cuche Jabalí con el Centro de Convenciones, sede de la muy publicitada Feria del Mezcal, decidieron implementar en sus instalaciones una especie de campamento de producción gráfica, al que titularon con nombres variados como Open Estudio (con cierta sorna a la adaptación turistificadora a la que se ha hecho referencia) o simplemente, Tianguis Cultural.
Para esto se invitó a jóvenes artistas a ir a hacer base en la casa perteneciente al reconocido pintor y artista plástico, Dionicio Martínez, y con el aprovechamiento de dos o tres prensas de impresión, variadas en tamaño e intención, los experimentados integrantes del Cuche Jabalí, orientaron a las y los jóvenes artistas y estudiantes de la Escuela de Artes de la UABJO, en técnicas de producción que hasta ahora no conocían.
Samuel Olmedo, pintor y dibujante de 25 años, platica de su experiencia al mismo tiempo que redondea con una cuña el grabado sobre madera en el que está trabajando, dedicado a Cocijo, dios zapoteca de la lluvia. “Del tallado sale una réplica, por lo que se puede decir que es una técnica muy laboriosa, pero que la verdad vale mucho la pena”, comenta entusiasmado el artista con el sabor del aprendizaje en marcha.
También aprendiendo lo suyo en el Taller Cuche Jabalí, el joven Osvaldo Moya, quien se declara aun en el proceso de ser un artista plástico, talla con gozo y esfuerzo una serie de magueyes de madera. Define a lo que está haciendo como un “proceso curioso”, en el que se ha dejado llevar por los maestros del taller y sus consejos.
En medio de lo que considera “un ambiente divertido”, la joven autora Itzel Ibarreche, manipula un grabado en acrílico de punta seca con la figura de un mapache en una cantina, viendo pasar las horas en un enorme reloj. Define lo desarrollado hasta ahorita como diferente a otros aprendizajes por los que ha atravesado.
Aquí el grabado, la impresión, la manipulación de la prensa, le ha parecido a Itzel una cuestión en la que el interés siempre se ha mantenido arriba.
“En un taller vas y aprendes a hacer las cosas, así nada más, haciéndolas. No teorizas ni te empiezas a preguntar como vas a hacer el diseño de lo que quieres hacer. Te riges por lo más básico, así el conocimiento no se vuelve en un asunto de estatus sino de simple necesidad”, explica el impresor, grabador y escritor, César Elí García.
En el Cuche -Jabalí se impartieron en los días de Guelaguetza talleres de grabado de metal en lamina de zinc, “bajo un estilo tradicional, como se hacía en la vieja escuela al estilo Juan Alcázar”, apuntala el pintor e instructor, Ignacio García, sobre tiempos en los operaron los auténticos maestros. “El chiste del taller es que en un solo día se pueda realizar una placa en agua fuerte y agua tinta a dos o tres colores”, resume el entrevistado
Fausto Luna, trabajador del taller y hombre orquesta, enseña por su parte el cómo casi cualquier superficie puede ser sujeta de ser grabada. Una superficie acrílica muestra los contornos de una flor salvaje. Luna ha reciclado el plástico de una tapa de DVD para hacer pruebas.
El artista y performancero considera que el Cuche Jabalí ha progresado mucho en su calidad y que eso solo lo ha logrado con la suficiente dedicación y esmero. Pero también está la convicción para buscar hacer comunidad en su barrio perteneciente a Santa Lucia del Camino, trabajando e imprimiendo copias de grabados poseedoras de calidad y colores evocadores y vivos.
La siguiente jugada del Taller Cuche Jabalí será el armado de una carpeta grafica sobre cantinas tradicionales. En el Taller se cree que los exotismos deben partir desde la búsqueda de una verdad viva, no impostada, no mentirosa. Por lo pronto en esta semana de celebración de una fiesta cada vez más gentrificada, ahí se han lanzado a hacer comunidad. Los precios de la variada y poderosa grafica fueron cubiertos por vecinos y por gente con pinta de que son de acá. No se manejaron dólares.
Por: Renato Galicia Miguel
Jaltepec, Nochixtlán.—Una historia portentosa y vigente dio vida al museo comunitario Añuti de 6 Mono de esta población.
Es fantástica, pero real, la historia de la princesa mixteca 6 Mono --primero “Blusa de Serpiente” y después “Blusa de Guerra”-- o Nana Luisa, quizá la primera mujer gobernante de América.
Hoy prototipo y símbolo de la mujer por su “mentalidad distinta incluso a la de la actual, otrora personaje único que accedió al poder en tiempos y dominios territoriales absolutos de hombres, en todo caso, representa a “una de las mujeres más notables de la historia indígena”, según investigadores como Maarten Jansen.
Por tradición oral, relata Manuel Miguel Robles, uno de los fundadores del museo, “nuestros abuelitos nos han contado esta leyenda de la reina de Añuti o Añute”, hoy Jaltepec o “Cerro de jade y oro”, de acuerdo con interpretación de Alfonso Caso.
La de una mujer muy bella que para casarse puso a prueba a tres reyes, quienes debían lanzar desde el cerro del Chocolate o de las Apuestas, ubicado en Jaltepetongo, hasta el de Añuti, dominio de 6 Mono, una ofrenda: el de Teozacoalco –pueblo de mezcal excelso—aventó agua, pero sólo llegó a Yutecó, en la comunidad de El Venado, donde existe un gran afluente; mientras que el de Mitlatongo lanzó ocote, el cual cayó en El Tambor, en el rancho La Unión, único sitio de Jaltepec en que hay pinos. El de Tilantongo, cuna de la cultura mixteca, lanzaría jade, pero en vez de la piedra utilizó un pájaro y éste llegó volando al cerro Añuti. Fue el elegido.
Códices mixtecos como el Selden dan cuenta de una historia mucho más rica y compleja del personaje. En principio, según lectura de Manuel Miguel Robles, contra la idea común, la princesa 6 Mono fue coterránea de Ocañaña o “20 Coyote”, alguna vez rey de Tilantongo, y del famoso 8 Venado, “Garra de Tigre”, el gran conquistador y primer gobernante de las mixtecas alta, baja y de la costa: la primera nació en el año 1073, el segundo en 1075 y el tercero en 1063.
La princesa 6 Mono fue el quinto alumbramiento de la señora 9 Viento, de Suchixtlán, y del señor 8 Viento, de Tilantongo, ambos gobernantes de Añuti.
Los tres primeros hijos de la pareja fueron sacrificados por el rey de Mitlatongo y una cuarta hija fue enviada a Tilantongo sin que se supiese más de ella, así que a 6 Mono le correspondía heredar el trono de Añuti, por lo que creció bajo la tutela del mejor maestro de la época, el señor 10 Lagartija, “Hacha de Jade”, quien la educó en dos rubros: artes y cultura y el arte de la guerra, por lo cual desarrolló una formación y mentalidad excepcional.
Ya en el poder, por consejo de la “Sacerdotisa de la Muerte”, misma que podría ser no una anciana sabia, sino su propia conciencia, retó a duelo al rey de Mitlatongo, que había sacrificado a sus hermanos: lo superó en conocimientos de cultura y también en la prueba del arte de la guerra, que consistió en someter a los pueblos que disputaban Monte Albán. La princesa mixteca no sólo lo venció, sino que rescató a su rival, quien había sido hecho prisionero por aquéllos, y lo sacrificó; tal conquista le valió ser reconocida desde entonces ya no como “Blusa de Serpiente”, sino como “Blusa de Guerra”. Luego sometió también a otros señoríos menores, a grado tal de extender Jaltepec hasta los Valles Centrales. Y enfermó de poder.
Ambicionaba el reino de Tilantongo, el más poderoso de la región, gobernado por 11 Viento y cuya herencia del trono peleaban Ocoñaña y 8 Venado.
El amor de su vida de 6 Mono era 8 Venado, pero según oráculo éste nunca accedería al poder, así que la princesa mixteca le pidió “pelear guerras por ella”, con la idea de que se hiciese de un reino y entonces se pudieran casar, y el gran conquistador partió a Tututepec, en la costa oaxaqueña, donde erigiría un dominio propio.
Pero el plan de 6 Mono era otro. Finalmente optó por casarse con el viejo 11 Viento, a quien pidió relegara a Ocoñaña, y tuvieron un hijo: 4 Viento, el heredero del trono. Por ese tiempo regresó 8 Venado, descubrió el ardid y convenció al pueblo de Tilantongo para que presionara a 11 Viento a fin de que traicionara a 6 Mono.
Llevaron a 4 Viento a Monte Albán y la princesa mixteca fue a su rescate con la idea de que lo habían secuestrado sus antiguos enemigos; cuando estuvo ahí, tarde descubrió la trampa.
Le dieron a elegir entre la vida de su hijo y la de ella, además de exigirle un tributo: historiadores como Manuel Martínez Gracida postulan que quizá sea el tesoro de la Tumba 7 de Monte Albán encontrado por Alfonso Caso en 1932, expuesto una parte en el ex convento de Santo Domingo, en la capital de Oaxaca, y otra en el Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México.
Ella pidió ser enterrada en el cerro Añuti: murió en el año 1101, a los 28 años de edad, y comenzó su leyenda en Jaltepec, pueblo que convirtió a su reina en divinidad.
Jaltepec se encuentra a 20 minutos en automóvil de Nochixtlán, pueblo de paso y comercio ubicado a 75 kilómetros de la capital del estado, sobre la carretera México-Oaxaca. Lomas bajas y pelonas rodean a la población, al frente se yergue el cerro Añuti o El Mogote, el de 6 Mono o Nana Luisa, y en el centro, en el portal, el museo comunitario de la princesa mixteca.
Registrado ya por la Unión de Museos Comunitarios de Oaxaca, el espacio se gestó por la inquietud de Manuel Miguel Robles, joven normalista e historiador a quien se sumaron Nereida Rojas Garzón, Juan Miguel Zúñiga, Manuel Bolaños Martínez, Naú Trinidad e Hipólito López Miguel.
Nació con una exposición de fotografías antiguas de la comunidad y algunas piezas arqueológicas montada el 22 de julio de 2004, día de la fiesta patronal de Santa María Magdalena Jaltepec, y formalmente fue inaugurado el 27 de noviembre del mismo año, fecha en que lo bautizaron como Museo Comunitario Añuti de 6 Mono: “El maravilloso mundo de Nana Luisa”.
La leyenda cuenta que, de vez en vez, ya en su calidad de diosa, 6 Mono o Nana Luisa –en su versión españolizada—aparece en la cúspide del cerro Añuti, conocido también como El Mogote, exponiendo, al igual que en vida, sus pectorales de oro al sol: “La he visto con mis propios ojos”, jura el señor Miguel López, quien recoge leña en el monte.
Y la profecía de la princesa reza: “Llegará el día en que la mujer mixteca no agachará la cabeza, será más importante que el mismo sol y más valiosa que el oro. Entonces mi nombre se escuchará por todo el mundo y haré que mi pueblo despierte de su encanto para hacer de él lo que siempre soñé”.
En tiempo reciente, expone Manuel Miguel Robles, a nivel nacional e internacional se retoma “la ideología de la mujer mixteca a través de 6 Mono”, han publicado libros sobre ella, como “La dinastía de Añute / Historia, literatura e ideología de un reino mixteco”, de Maarten Jansen y Gabina Pérez Jiménez, y “Las mujeres y sus diosas en los códices prehispánicos”, de Cecilia Rossell y María de los Ángeles Ojeda Díaz, y fue creado el museo comunitario que lleva su nombre. Como quien dice, se cumple la profecía de una diosa mixteca vigente en el siglo XXI.
Renato Galicia Miguel
Veo en redes sociales que el presidente de la Cámara de Senadores, Gerardo Fernández Noroña, dice que las “cachetaditas” que le dieron a Rodolfo Fofo Márquez los custodios del penal de Barrientos fue un asunto armado, un montaje.
Y uno piensa, pues en este país de la posverdad, la simulación, las acciones a modo, ¿qué no está armado?
Vámonos a dos ejemplos de Oaxaca en los que se mezclan dos gobiernos, uno priista, el de 2016 a 2022 de Alejandro Murat Hinojosa—aunque hoy ande disfrazado de senador plurinominal por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena)— y el otro del gobernador 4T Salomón Jara Cruz que inició en 2022. Me refiero a los casos de la saxofonista mixteca María Elena Ríos y la activista ayuujk Sandra Domínguez.
Aclaro que mi postura no tiene que ver con ideología ni muchos menos con los partidos políticos. Mi formación es marxista, de izquierda, ciertamente progresista. Es más, generacionalmente soy coterráneo de la presidenta Claudia Sheinbaum, como ella, estudié la prepa en el CCH Sur de la UNAM e igual participé en el movimiento de 1986 de esa Casa de Estudios, el del Consejo Estudiantil Universitario (CEU): me tocó, por ejemplo, nada más para que se den un quemón, la marcha histórica que partió del Casco de Santo Tomás cuando la Maldita Vecindad recorría los contingentes, a la altura de San Cosme, tocando sobre un camión de redilas y alguien pintó sobre la plancha del zócalo la consigna aquella que estremecía: “El zócalo nos esperó 18 años”, pues desde el 68 ninguna manifestación estudiantil había llegado hasta ahí.
Aún más, puede decirse que me rozaba con la futura presidenta mexicana, pues la veía seguido en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales porque, supongo, iba a ver a Carlos Imaz Gispert, quien después sería su pareja sentimental, en tiempos en que este político hoy caído en desgracia era uno de los tres dirigentes históricos del CEU, junto con Imanol Ordorika y Antonio Santos.
No, no es cuestión de ideología ni de partidos políticos. Tampoco se trata de entrarle al juego de los mercenarios de la información que le hacen el trabajo sucio a la derecha y ultraderecha mexicanas atacando como si estuvieran drogados a la presidenta Sheinbaum porque pasa la mosca.
Es un asunto más bien superficial —lo cual no es menor, porque superficial es mi piel y a través de ella siento, diría el máster Froylán López Narváez—, pero con mucho punch. Me refiero al tema de la suspicacia de los mexicanos cuando notamos un tufo de tranza, movida, podredumbre, en ciertos sucesos, procesos, acontecimientos.
Porque a mí sí que me ha generado suspicacia que el caso de María Elena Ríos —esta mujer que sufrió una tentativa de feminicidio al serle vertido en su cara y cuerpo ácido sulfúrico presuntamente por orden del todopoderoso empresario gasolinero y político priista Juan Vera Carrizal — parezca telenovela de Ernesto Alonso por el drama, la atmósfera que se le ha armado. He seguido el caso desde que inició, en el año 2019, durante el sexenio de Alejandro Murat, cuando tanto le costó a la mixteca que aquel hombre de poder fuera puesto en prisión y no lo liberara definitivamente —porque ya había sido puesto en libertad, no lo olvidemos—uno de esos jueces tranzas que abundan en nuestro México lindo y querido.
He visto su calvario para que aquél sea sentenciado como merece —es decir, con una pena mucho mayor que la del Fofo Márquez, si la justicia es congruente— y el más reciente asombroso proceso por el que Vera Carrizal fue excarcelado de manera subrepticia para que recibiera atención médica en, primero, el hospital Reforma y, después, la clínica Santa Anita de la ciudad de Oaxaca, y que incluyó la “casualidad” de que ahí llegara una dama con la cual se armó la madriza, y luego, hace unos días, sumó el rumor del fallecimiento del también exdiputado priista que terminó sólo en un susto, aunque sí está grave, según supuesto comunicado de sus familiares publicado por medios locales.
Igual me ha pasado con el caso de la desaparición de Sandra Domínguez y su pareja, Alexander Hernández, pues no hay que olvidar que el gobierno oaxaqueño de Salomón Jara Cruz de inmediato menospreció la línea de investigación que involucraba a Donato Vargas, su coordinador de Delegados de Paz, ya que éste había sido denunciado por la activista por su participación en un chat porno sobre mujeres ayuujk, y se inclinó por la versión de que la desaparición estaría relacionada con presuntos vínculos de Alexander con el crimen organizado.
Una línea que después convalidó el mismísimo secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch. Casi al mismo tiempo, en operativo policiaco murieron tres presuntos delincuentes —así como un agente federal— ligados a la desaparición de Sandra Domínguez, y luego fue apresada una mujer que estaría relacionada con la versión oficial. Es decir, al final del día como que todo se va acomodando, armando de forma ad hoc.
Como informador, los dos casos me generan escepticismo. Ojalá el senador Gerardo Fernández Noroña también dijera que ambos temas pudieran estar armados. O mejor aún, que llamara a la transparencia, diligencia, eficacia, del gobierno oaxaqueño para evitar la suspicacia al respecto, los rumores, la sospechas que a los mexicanos nos causan acciones y versiones oficiales, “verdades históricas”, líneas de investigación que huelen a posverdades.
Sobre el antiguo camino a la Agencia de Mengolí de Morelos, en el municipio de Miahuatlán de Porfirio Díaz, se encuentra el Campo de Pelota Mixteca, deporte que se remonta a la época prehispánica. Es domingo por la mañana, y los peloteros hacen calentamiento, en espera de la llegada de las quintas visitantes.
Entre los jugadores se cuenta don Saturnino Juárez. Como él mismo dice, ya anda rayando los ochenta años de edad. Veterano jugador de pelota mixteca y pelota de esponja.
—Para mí la pelota es puro deporte y diversión. Es una herencia de la gente de antes que no dejamos perder. Antes solo era la pelota mixteca, pero ahora también jugamos con pelota de esponja.
Juego pelota mixteca desde los quince años, pero desde los doce ya comencé a travesear con ella y desde que la agarré ya no la solté. Cuando comencé practicaba en los paredones de las casas de adobe, las casas no tenían ventanas, entonces se prestaban para practicar como en un frontón. De mis compañeros que jugaron conmigo, aquí ya no hay ninguno.
La diferencia está en que la pelota de hule, es una pelota más grande, pesa entre novecientos gramos y un kilogramo. En cuanto al guante, está tachonado de garbancias y forrado de piel, pesa entre cinco y seis kilos, para los jugadores de la parte de atrás; el saque ocupa un guante de cuatro kilos.
Para la pelota de esponja, el guante es más ligero. Está hecho de una tablilla de madera y cuero como agarradera. Si la otra pelota es más pesada y violenta, esta es más rápida, exige más agilidad, más brinco y mayor velocidad, pide más carrera. Si sabes jugar, la pelota de esponja te permite hacer lo que le decimos el bitibolea. Que consiste en poder acomodar la pelota para ti, o para otro jugador.
Antes casi todo Miahuatlán jugaba, hubo mucha jugada. Había tres campos, uno en el centro de Miahuatlán, otro en San Francisco y otro en Santa Cecilia. En esos tiempos las pelotas nos las traían desde la mixteca; venían a vendernos pelotas y nos compraban mezcal.
Hoy los jóvenes tienen poco interés en el juego, la chamacada que viene, de los quince a los dieciocho ya no juega, se inclinan más por el fútbol. Al menos aquí en Miahuatlán ya no hay animación, se necesita alguien que los anime y los arrime al juego.
Casi es mediodía, el sol está por alcanzar su cenit, y yo continúo mi camino. La primera quinta prepara el juego y la pelota es despejada desde el botadero. Me marcho pensando en el juego de pelota mixteca como un deporte ancestral, que como muchas de las manifestaciones culturales originarias, ha sobrevivido al desplazamiento de la modernidad, gracias a personas como don Saturnino Juárez. Al otro lado del camino, se escuchan las porras de los equipos de fútbol que en un ambiente multitudinario disputan su partido.
Por: Renato Galicia Miguel
Bajo la sombra del viejo encino que ha visto pasar el tiempo, los 33 años de vida del patio de pelota mixteca del Xitle, Tlalpan, Ciudad de México (CDMX), Pedro Aparicio, originario de Sola de Vega, Oaxaca, está sentado en la banquita de piedra con un marrito de a cuarto de mezcal del puesto del Güero.
—¿Ya no has traído mezcal de Sola?
—Nooo, ya está muy caro.
Pedro es el solitario fundador de este espacio situado entre las colonias Tlalmille y Mirador del Valle, en una de las áreas de reserva ecológica del Ajusco, pues Pablo Sampedro ya no va y Justino Pérez Miguel, el Pariente, falleció el 22 de julio de 2003.
Este viejo pelotero y mezcalero que, a sus ochenta años de edad anda con bastón, sombrero de palma y un grueso chaleco, nació en 1945 en Zapotitlán del Río, ranchería en la que se dedicaba a la siembra de maíz, frijol, garbanzo y cultivo de jitomate, pero también a jugar pelota y tomar mezcal tobalá.
Pero luego “migramos todos, unos para la capital de Oaxaca y la Ciudad de México, otros para Estados Unidos, y se acabó el juego y también el mezcal, pues ya no se produce en la comunidad”, platica.
Llegó en 1976 a la colonia Hidalgo y, dos años después, a Tlamille. “Primero trabajé como peón y después ascendí a maestro albañil”, el oficio de toda su vida como inmigrante. Con los años conoció al Pariente y a Pablito, sus vecinos del barrio Mirador del Valle, “los veía rebolear en terrenos y calles de terracería, me puse de acuerdo con ellos y conseguí el permiso” para crear un patio de pelota en el naciente deportivo de la zona, que fue inaugurado oficialmente en 1991.
Este 23 de noviembre de 2024, asiste a la celebración de los 33 años del patio al que le ha sido fiel tanto tiempo a comer un tamal de mole en hoja de plátano, tomarse su mezcal y ver la jugada.
Enfrente, con su guante de cinco kilos de peso anudado en la mano derecha, tiene a Efraín Arellanes, quien espera turno para continuar con su “juego de compromiso” contra la quinta venida de la Villa de Etla, también Oaxaca, la de Leonel Cruz, el Chango, de San José el Mogote, y Aarón Santiago, el Chamaco, de Suchilquitongo.
Junto con Homero Arellanes, Efraín es uno de los famosos integrantes de la quinta de Los Gemelos, chilangos hijos de inmigrantes de Miahuatlán de Porfirio Díaz, quienes empezaron a jugar pelota a los 15 años en el legendario patio de Balbuena, cercano al metro Candelaria.
Ahí, en Oaxaca y Estados Unidos han enfrentado a quintas como los casi míticos Ahijados, de Nochixtlán, al Loco y a la Culebra de Miahuatlán, y que el 24 de noviembre anterior, el día de los 33 años formales del patio del Xitle, enfrentaron al poderoso equipo del Chango y el Chamaco, y el 15 de este diciembre, a Los Gordos de Tula.
Pedro Aparicio en su laberinto de la soledad y Efraín Arellanes en su toma de distancia identitaria simbolizan la migración eterna de los oaxaqueños, así como la melancolía —la felicidad de estar triste, diría Víctor Hugo— de estar tan lejos del cielo donde nacieron ellos o sus padres.
Igual que la quinta de los Tachos, los herederos de los fundadores del patio del Xitle. Anastasio Lozano Sampredro y su hermano Faustino, así como sus hijos, entre ellos, Gabriel Lozano López, de 42 años, 90 kilos de peso, 1.78 centímetros de altura y oficio comerciante, otro chilango con raíces mixtecas, quien desde hace un año es el presidente de la mesa directiva del pasajuego.
A los ocho años asistía a pasar las pelotas, “daban 25 pesos por jugada, a los diez comencé a practicarlo con un guante pequeño y a los 12 ya me ponían de ataje”, relata. Hoy es un pelotero en toda forma que va jugar compromisos a Oaxaca, como el que tendrán la segunda semana de febrero próximo en los Bajos de Chila, en la Costa.
“Las instalaciones se mantienen. Hace ochos años pusieron la malla de protección, pero se quedó a la mitad. El campo lo tratamos de conservar, hace medio año le pusimos tierra. La asistencia ha bajado: cuando hay jugada vienen como 30 peloteros, normalmente juegan cuatro quintas, es decir, dos jugadas”. En la CDMX, agrega, nada más hay dos patios activos, el del Xitle y el del deportivo Pelón Osuna, el que está cerca del aeropuerto.
Están buscando el apoyo de la alcaldía Tlalpan para contar con el mantenimiento del patio y terminar de enmallarlo, comenta. De hecho, el día de la celebración de los 33 años, los visitó la titular de la demarcación, Gabriela Osorio.
—¿Cómo se les puede ayudar a los peloteros de este patio de pelota mixteca?—se le preguntó a la alcaldesa.
—Con instalaciones dignas. Me estaban enseñando una foto cuando estuvo aquí como alcaldesa de Tlalpan quien ahora es la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Nos dimos la oportunidad de venir para saber cuáles son las condiciones en que se encuentra. Es un compromiso mejorarlas. Somos una ciudad pluricultural, por las migraciones, por las tradiciones, por deportes ancestrales como éste, y nosotros estamos en la misma sintonía para preservarlo.
Según Víctor Inzúa, coautor, junto con Lilian Scheffler y Regina Reynosa, del libro ‘El juego de pelota prehispánica y sus supervivencias actuales’ (Premia Editora), la pelota mixteca inmigró a la CDMX en 1929. Primero a la hoy calle Tíber de la Zona Rosa y después atrás del cine Continental. En los años cuarenta fue a parar a donde posteriormente construirían el hospital Rubén Leñero, luego a la colonia Espejel y a la Antigua Escuela de Tiro. Y en la década de los sesenta se instaló en el deportivo Venustiano Carranza, conocido por los peloteros como Balbuena, el decano hasta que les fue arrebatado durante el gobierno de Marcelo Ebrard Casaubón, no obstante que un año antes, el 27 de octubre de 2008, emitió la Declaratoria de Patrimonio Cultural Intangible de los Juegos de Pelota de Origen Prehispánico en la Ciudad de México.
Por ese tiempo, en 1965, nació otro patio en los terrenos donde erigieron la alberca olímpica, en la esquina de División del Norte y Río Churubusco, que se trasladó entonces atrás del metro Taxqueña y terminó en los ejidos de Culhuacán.
Tiempo después surgieron otros pasajuegos en Satélite, Estado de México, y el del Xitle en 1991.
En la actualidad, en los Valles Centrales de Oaxaca, el circuito del juego de pelota tanto mixteco como zapoteco, en realidad, va del mítico San José el Mogote —cuna de la civilización y el sedentarismo en la parte central de la actual entidad oaxaqueña, una de las tres fundadoras de Monte Albán— al biche Miahuatlán de Porfirio Díaz, aunque se extiende al norte a la Mixteca Alta y al oriente hasta los Bajos de Chila, Puerto Escondido, donde se efectuará, en febrero próximo, otra edición del que es considerado el mejor torneo de Oaxaca y la Ciudad de México en la actualidad, seguramente herencia del reinado de Ocho Venado, Garra de Jaguar, en San Pedro Tututepec, en la Costa, región donde los afrodescendientes han adoptado la tradición y la juegan también en comunidades como Collantes, Corralejo y El Ciruelo, Pinotepa Nacional.
Por su lado, Fresno y Los Ángeles, California, así como Dallas, Texas, conforman el circuito de pasajuegos de los inmigrantes en Estados Unidos.
Y en la Ciudad de México, los patios activos son dos: el que está en el deportivo Pelón Osuna, muy cerca del aeropuerto internacional Benito Juárez, y el del Xitle, ubicado a la altura del kilómetro 21.9 de la carretera libre a Cuernavaca, dentro de la reserva ecológica del Ajusco.
Entrar a este último por el lado de la colonia Tlalmille es adentrarse a un hábitat totalmente disímil al de las lomas de órganos de tuna roja y magueyes mezcaleros madrecuishe de Miahuatlán o los parajes de framboyanes de Etla, entornos ambos de clima cálido, pues aquí es tierra de frío, piedra volcánica, tepozanes y encinos.
Un túnel del tiempo y otro cultural se abren a nuestra percepción al acceder al patio. Es como adentrarse a los juegos de pelota de Dzibichaltún, Yucatán, o El Cuajilote, Filobobos, Veracruz, o Dainzú, Oaxaca, pero en vivo y a todo color.
La raza de bronce es un tumulto de consejo de ancianos, jugadores veteranos que sólo llegan a ver, guerreros de Oaxaca, Ciudad de México e Hidalgo que ahora apuestan ya no la vida, sino el varo por el juego de compromiso, un quinientón o un mil, seis quintas que se turnan el patio y que se han congregado este domingo de noviembre a celebrar los 33 años formales de la inauguración del pasajuego.
Son las cuatro de la tarde y crece el ritmo, el ambiente sube de calor, una treintena de peloteros colman el patio, la jerga es intensa, los aficionados son más, el Güero se mueve entre la multitud repartiendo chelas y marritos y marros en envases pet, hay cierta expectativa porque posiblemente llegue la alcaldesa de Tlalpan, Gabriela Osorio. Pedro Aparicio invita un primer trago de tequila, es cuando le pregunto si ya no ha ido a Sola de Vega por mezcal.
El compromiso fuerte es entre las quintas de Los Gemelos y la de Etla de Leonel Cruz, el Chango, de San José el Mogote, y Aaron Santiago, el Chamaco, de Suchilquitongo, dos peloteros históricos de los Valles Centrales del estado sureño: saca el hermano menor de los Arellanes, devuelve la pelota desde el resto el Chamaco, hasta el fondo del saque, pero ahí está Efraín, quien llega justo a la cita para contrarrestar. El otro Gemelo entra al quite, también el Chango, la pelota va de ida y vuelta por el aire una y otra vez. Luego alguien la azota, y el ataje la corta, se vuelve vertiginosa la disputa del punto: ¿falta, buena o raya?
Ganan la ventaja los etecos: 3 partidos a dos. Después vienen los mezcales, las pláticas épicas, el orgullo de ser de San José el Mogote, la ruta del juego en todo el territorio de Valles Centrales y más allá, hasta los Bajos de Chila, en la Costa, y la Mixteca alta, los viajes a Dallas, Texas, y Los Ángeles y Fresno, California, Estados Unidos, donde se está jugando a primer nivel, el que el Chamaco sea el único pelotero que ha volado la pelota más allá del encino límite del Xilte o de la malla del Tecnológico de Oaxaca.
Un mes después, en diciembre, vuelven Los Gemelos al patio del Xitle, esta vez a jugar su compromiso contra los Gordos de Tula: ahí quedan a partidos de dos. Y el ritual se repite: Pedro Aparicio está sentado bajo la sombra del viejo encino, Efraín Arellanes devuelve y pasa la bola desde el resto, el Güero circula con los marritos, la tarde languidece. Al final, afuera del deportivo, mixtecos y zapotecos conviven mientras pagan lo que consumieron, se toman las últimas cervezas y tragos de mezcal y miran cómo la oscuridad cubre su patio.
Renato Galicia Miguel
Como la que aparece en la foto, era la Fuente de las Siete Regiones de la ciudad de Oaxaca que recuerdo —después sería de ocho, cuando separaron la región Sierra en Sierra Norte y Sierra Sur—. El Catita era el encargado de darle mantenimiento y prender el juego de luces que en las noches la tornaba psicodélica.
Ahí mismo se encuentra la fachada de la hacienda de Aguilera. La zona resguarda una historia de los Cuerudos de Miahuatlán que falta por relatar y que sólo Polo, un vecino de la colonia Lomas, sabe contar.
Entre 2005 y 2006, el gobierno priista de Ulises Ruiz Ortiz (URO) desmadró y convirtió en adefesio ese patrimonio cultural, igual como lo hizo con El Llano y el zócalo de la capital oaxaqueña: quitó la cantera verde histórica y puso adoquines. Ahí está el recuento al respecto del arquitecto Enrique Lastra:
Algunos de los “errores” que provocaron “un desastre arquitectónico” en el zócalo, el parque El Llano y la Fuente de las Ocho Regiones fueron: “introducir materiales ajenos a la tradición de la ciudad, pues al final la plaza central se edificó como con cinco materiales diferentes”.
Fue un “desastre” que se repitió en El Llano, ya que “era una pieza de arquitectura de espacios abiertos valiosa” y “lo que se hizo otra vez fue utilizar materiales ajenos a la cultura patrimonial”.
Y en la Fuente de las Ocho Regiones ocurrió lo mismo: la “acción ahí fue poco cuidadosa, se elevó su base y se creó una especie de pirámide con un talud utilizando materiales ajenos, otra vez esa piedra rosa que, al parecer, vende alguien muy cercano al régimen de Ruiz Ortiz”.
Los pisos de adoquines rosa y color metate ensuciado son pruebas de las infamias culturales realizadas por URO. En su momento, el Comité de Vigilancia Ciudadana (CVC) no me autorizó publicar quien era el proveedor nacional tenebroso —hermano de un político priista muy poderoso que sigue vigente— de esos materiales porque a sus integrantes ya los estaban amenazando de muerte. Y hasta ahí quedó el asunto.
Ni los supuestos gobiernos izquierdosos han reparado la afrenta.
Uno de los pueblos con mayor tradición en el cultivo del maguey y por ende en la destilación del mezcal es sin duda Miahuatlán de Porfirio Díaz. Paradójica ciudad asentada al pie de la cordillera de la Sierra Sur. Hasta hace apenas un año era paso obligado para los viajeros a la costa oaxaqueña, hoy ha quedado excluida de la ruta turística tras la inauguración de la supercarretera Oaxaca-Puerto Escondido.
Una de sus múltiples Agencias, es Mengolí de Morelos. Solo en ese territorio, se pueden contar alrededor de dieciocho palenques destiladores, entre ellos se cuenta “Damajuanas”. Empresa familiar que dirige el maestro Audencio Ramos Cortés de la mano de su esposa la maestra Ana Vázquez Ramos.
Audencio es la tercera generación dedicada al oficio alquímico del mezcal, primero su abuelo y posteriormente su padre, de quien heredó los secretos familiares. Hoy, su hijo Guadalupe, de apenas tres años, vive de manera cotidiana el trabajo del palenquero, en su momento, Audencio espera que continúe con la tradición.
La tarde es fresca, y mientras degustamos los matices del sabor embriagante, Audencio me inicia en los misterios del mezcal, comenzamos con un Madrecuishe, luego un Bicuishe, le siguen Coyote, Mexicano, Maguey pulquero y el clásico Espadín. El calor del mezcal en el vientre, nos conduce a la plática, estas son las palabras de Audencio.
—Aprendí el oficio de palenquero de mi padre, primero trabajaba con él, pero siempre llega un momento en que uno tiene que tomar su propio camino, fundé el palenque “Damajuanas”, que es como se le llamaba a las botellas de vidrio soplado en forma de corazón, son grandes, de veinte litros, en donde se guardaba el mezcal. Aquí trabajo con mi mujer y mis hijos, hoy estamos destilando un Madrecuishe, al rato vamos a pasar para que prueben uno calientito de punta.
Cuando busqué nombre para mi palenque, me costó trabajo, aparte del trámite, ya todos los nombres que se te puedan ocurrir están acaparados, hay quien registra marcas de mezcal y no las ocupa. La mayoría de estos registros los hacen revendedores, que poco o nada saben del mezcal. Afortunadamente, ya logré conseguir el registro y la certificación.
Aquí en Mengolí, hacemos una feria del mezcal, la comenzamos los productores de la región en el 2020, con la pandemia todo se paró, pero no nos detuvimos, aquí en el palenque nos reunimos y lo planeamos, cada año crece un poquito, el año pasado contamos con treinta productores, productores; porque en Oaxaca hacen una feria muy grande, pero la mayoría son revendedores. El año que viene, queremos hacerla un poco más grande, e incluir un poco de la gastronomía que se genera del maguey, porque también es alimento.
Ese maguey por el que me preguntas, Papalometl, es el mismo que el Tobalá, solo que Papalometl le dicen por la mixteca, un maguey silvestre. En el mezcal también hay modas, hace tiempo estuvo de moda el Tobalá, que porque no hacía cruda, pero no, todos los mezcales hacen cruda, solo que la cruda del mezcal es amanecer con hambre, almuerzas bien, te tomas otros dos y quedas contento.
Antes, uno salía para tratar de vender nuestro producto, ahora no, ahora lo vienen a buscar. La gran diferencia es que ir a ofrecer algo te expone al regateo, aquí, en cambio, yo puedo poner el precio a mi trabajo, que como todos queremos que nos paguen lo justo.
Para tomar mezcal hay que saber tomarlo, hoy lo toman por moda, una vez fui a una fiesta, en donde estaban dando mezcal, la gente no lo sabe tomar, apenas terminó la comida, iba a comenzar el baile y ya todos estaban borrachos. Antes incluso, aquí en el mismo pueblo decían “Mezcal, ni que fuera macuarro” una expresión despectiva, lo que daban en las fiestas era tequila y Bacardí, pero ahora todos quieren dar mezcal.
Yo ocupo para la fermentación, tinajas de madera de sabino. El sabino es una madera que crece con mucha agua a la orilla de los ríos y por eso sella bien; la madera se hidrata y ajusta en las uniones. En cambio, el pino, al ser una madera más dura, sus fibras están más apretadas, y no se hincha tanto como el sabino. Para destilar ocupo el alambique de cobre, o sea este es un mezcal artesanal, el ancestral es en olla de barro.
Yo creo que para hacer un buen mezcal, el mezcalero pone algo de sí en su trabajo, sobre todo cariño, si no, no sale un buen mezcal, cuando se hace de mala gana no rinde el producto, la exactitud es indispensable, yo digo que el mezcal tiene el sabor del mezcalero.
Tres mezcales de punta y tengo la calma como para detenerme en los colores de la tarde, que a contraluz delatan los campos de maguey, la biodiversidad de nuestra tierra, nos permite generar un espectro espirituoso de variados estados de embriaguez. Cae la tarde y me despido, atrás queda Gaudencio y Ana, atrás queda “Damajunas”. Para este matrimonio de Maestros Mezcaleros, el trabajo apenas comienza, destilarán toda la noche, en sus desvelos cosecharán los vapores del maguey.
Mientras me alejo, me quedo pensando que; el maestro mezcalero es quien tiene mayor derecho a disfrutar de los beneficios económicos y culturales del mezcal. Fue tanto su amor a este trabajo, que lo procuró en esos tiempos en que el mezcal era ninguneado.
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