PROGRESO TECNOLÓGICO Y PÉRDIDA DE LO HUMANO
octubre 18, 2026
César Elí García
El ser humano ha desarrollado una capacidad extraordinaria para transformar el mundo. La técnica nos ha permitido modificar el paisaje, ampliar nuestros sentidos, prolongar la vida y establecer formas de comunicación que hace apenas unas décadas parecían imposibles. Pero esa misma capacidad plantea una pregunta que no es exclusivamente técnica: ¿qué ocurre con nosotros mientras transformamos aquello que nos rodea?
Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, observó que la técnica moderna había adquirido una dimensión desconocida para las éticas tradicionales. Nuestras acciones pueden producir efectos que alcanzan a generaciones que todavía no existen. Por eso, el problema ya no consiste solamente en saber qué podemos hacer, sino en considerar aquello que nuestras acciones pueden llegar a producir.
Aristóteles pensaba la naturaleza y la técnica desde una diferencia fundamental: los seres naturales poseen en sí mismos el principio de su movimiento, mientras que aquello producido por la técnica depende de una acción exterior. La distinción parece sencilla, pero adquiere otro sentido frente a la tecnología contemporánea. Podemos transformar la naturaleza de manera cada vez más profunda, aunque seguimos dependiendo de ella para existir.
Tal vez por eso resulte extraño que el desarrollo técnico haya llegado acompañado de una relación cada vez más utilitaria con el mundo. También ocurre con nosotros mismos. Los dispositivos digitales facilitan la comunicación, el acceso a la información y muchas actividades cotidianas, pero comienzan a ocupar espacios que antes pertenecían a la experiencia directa: la conversación, la espera, el silencio, la atención.
La inteligencia artificial introduce una cuestión semejante. Puede ayudarnos a organizar información, formular ideas o resolver problemas. Pero también permite preguntarnos qué sucede cuando una herramienta destinada a ampliar nuestras capacidades comienza a realizar algunas de las operaciones mediante las cuales acostumbrábamos pensar.
Schopenhauer, en El mundo como voluntad y representación, entendió el deseo como una fuerza que difícilmente encuentra una satisfacción definitiva. Tal vez algunas formas contemporáneas de consumo puedan observarse desde ahí: queremos algo, lo obtenemos y poco después aparece un nuevo objeto de deseo. Frente a ese movimiento permanente, Schopenhauer encontró en la experiencia estética un momento distinto: la posibilidad de contemplar algo sin reducirlo inmediatamente a su utilidad.
Quizá ésta sea una de las cuestiones que la tecnología vuelve más visibles. ¿Qué queda de nuestra relación con las cosas cuando casi todo puede convertirse en instrumento, información o mercancía?
No parece necesario imaginar un regreso a un mundo sin máquinas. Tampoco sería razonable desconocer los beneficios de la ciencia y de la técnica. La pregunta puede ser más sencilla: ¿qué lugar queremos que ocupen en nuestra vida?
Porque una herramienta puede ampliar nuestras posibilidades sin necesariamente ampliar nuestra experiencia del mundo. Podemos estar más comunicados y, al mismo tiempo, menos atentos; tener más información y comprender menos; disponer de más medios para satisfacer nuestros deseos y encontrar menos momentos de contemplación.
Quizá el problema no esté en la tecnología, sino en la relación que establecemos con ella. Y quizá el verdadero desafío del progreso no sea seguir aumentando indefinidamente lo que podemos hacer, sino detenernos de vez en cuando para preguntarnos qué estamos dejando de mirar mientras lo hacemos.

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