César Elí García
Tras barias visitas al Foro ecológico juchiteco, me platico su vida, sus proyectos como artista, sus carencias y sobre todo, su deseo de regresar a la ciudad a probar suerte. Le dije que aquí también estaba difícil, que se vendía poco, que las galerías eran cacicazgos a los que solo unos cuantos elegidos tenían acceso. Que una parte de los artistas se habían convertido en bufones de políticos, instrumentos para justificar el gasto público en cultura y, otros, sospechosamente habían subido como la espuma, que se rumoraba, habían pactado con gente que lavaba dinero. Párese ser que, en Oaxaca, esos son los tres caminos para triunfar como artista.
Un día llego cargando una carpeta de grabados. Pidió hospedarse en el taller, donde había una prensa cargada de defectos, pero con esfuerzos y chiripas logramos hacer que imprimiera. Le dije a Nereyda que él podía enseñarle grabado, que había estado en el taller Rufino Tamayo, que en Juchitán estaba encargado del taller Delfino Marcial Serqueda.
No teníamos material, comprábamos un pliego de papel y lo cortábamos en cuartos u octavos, de tintas mejor ni hablar, ocupábamos tubos de 60 gramos que hacíamos rendir agregándoles aceite Vegetal (Patrona) y un poco de talco, aunque al principio no había talco, y le agregamos Maizena.
Como no teníamos placas para grabar, cogimos cajas de Cds y con un clavo con punta rayamos el acrílico, que no aguantaba más de 10 copias antes de despostillarse la orilla.
Una tarde, lo llevé con unos amigos, que me han sacado de apuros más de una vez, mostró su carpeta, hicimos una venta que nos permitió capotear la vida unos días. De regreso, camino al taller, pasamos por el mercado de la Merced, me dijo —Ven quiero desayunar-- pidió unas enchiladas, un chocolate y un pan de yema, yo preferí en tomatadas y una Victoria, al pagar la cuenta me pareció caro, a lo que me respondió –No te preocupes ya hicimos mi gusto-- Sentados en ese comedor del mercado, me contó que cuando llego por primera vez a Oaxaca, se hospedó con unos primos que vivían por esa zona, pero que se salió de la casa porque un día descubrió que su mamá, solía mandarle cada semana, como buena juchiteca, una caja con totopos y camarón, pero nunca se la entregaban. Se cansó de los malos tratos y se mudó a vivir al taller Rufino Tamayo.
Yo había ganado una beca del PECDA, pero por cuestiones burocráticas, se retrasó el pago. Una noche le dije —Deja que me paguen y compraremos las latas de tinta que nos faltan, y además cincuenta pliegos de papel-- me respondió —Me rolas diez pliegos-- me reí y le dije —Aguevos.
Un día me dijo —Voy al centro, que de verme con un amigo para tomar unos mezcales, ¿quieres venir?-- le respondí —No, tengo que terminar de encuadernar estos libros, porque mañana es la presentación, ve, pero con cuidado, si se te hace tarde, no tomes taxi ni azul ni amarillo, mejor espera el City bus, que te deja aquí a media cuadra. A las cuatro de la mañana, continuaba encerrado dando los últimos toques a los libros, me serví un mezcal para descansar, cuando un rostro se asomó por la ventana, estaba pálido, le indique que empujara la puerta y que pasara, en broma le dije —Quieres un mezcal o vienes borracho-- Se sentó en el sillón y se puso a llorar, me contó que había tomado un taxi amarillo, que le indico la dirección, no pudo precisar cuando en el taxi había otro sujeto, que le pidió sus cosas, se las entrego y luego lo apretó por el cuello, con una llave china, asta que se desmayó. Cuando recobro la conciencia, estaba tirado en un lugar desconocido, preguntando, se ubicó y regreso caminando al taller.
A los tres días comenzó a sentirse mal, y regreso a Juchitán. Pese a los esfuerzos de los médicos y de su familia, el 11 de diciembre nos enteramos de que había fallecido, la causa una trombosis pulmonar, resultado del estrangulamiento. El botín, que esa noche, se llevaron sus asesinos, se reducía a un teléfono celular de gama baja, y una torta. Hoy en día, siempre que subo a un taxi, pienso que quizás esté al lado del asesino de Javier Figueroa.
Epílogo.
Hay mañanas en que despierto y pienso en escribir su historia, pero luego pienso que no tiene caso, de cualquier manera ya no está, me consuelo pensando que en vida me tome tiempo para editarle un video que grabe en su taller de Juchitán y en escribirle un texto con parte de su historia.
Cuando cobré la beca, compre las tintas que le había prometido, e imprimí 10 copias de su última placa. Un pequeño homenaje, a Javier Figueroa, maestro de grabado.
Continuo imprimiendo, pues creo que la única manera de hacer presente a los que ya no están, es a través de lo que nos enseñaron, de esa manera por un instante vuelven.





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